El Sabbat del Viajero Solo

Trece horas de sueño. Un brunch de drag que me hizo llorar. Un desvío que probó que debo seguir mi propio guión. La isla te da exactamente lo que necesitas — nada más no siempre lo que planeaste.

El sueño

En la cama a las diez. Ojos abiertos a las once de la mañana siguiente. Trece horas. Sin alarma, sin culpa, sin el monólogo de siempre sobre desperdiciar un día en el paraíso.

Cinco días de manejar, caminar, sangrar, bailar, no dormir — en algún punto el cuerpo hace su revuelta callada y o le haces caso o lo pagas después. Le hice caso. Ese es el Sabbat del viajero solo: el descanso no te lo ganas terminando todo, te lo ganas llegando al final de la semana con el sistema nervioso todavía entero.

La multa de tránsito. El árbol en Ponce que me raspó el brazo. El olor verde de la selva todavía metido en los pulmones en algún lado. La siesta en Arecibo, los bares del sábado. Todo eso amontonado en mi cuerpo esperando a que lo archiven. El descanso no es nada — es cuando tu subconsciente de verdad hace el ordenado. El cuerpo procesa lo que la mente no se queda quieta el tiempo suficiente para sentir.

El brunch de drag

The Tryst Atlantic Beach. Casi no entro.

Seguridad en la puerta, quince minutos antes del show, diciéndome de frente que no iba a entrar — el show estaba lleno. Así que ahí mismo en la acera saqué el teléfono, encontré un espacio de mesa para uno todavía abierto, y lo reservé. Unos minutos después ya estaba sentado adentro. De esos golpecitos de suerte que nada más parecen pasar cuando dejas de forzar las cosas y dejas que la corriente te lleve.

Alyssa Hunter estaba actuando. La producción estaba impecable — la coreografía, el vestuario, lo descaradamente grande de todo. Pero no fue Alyssa la que me pegó. Fue otra performer, y ni me acuerdo de qué canción, nada más de que me tocó un nervio que no sabía que tenía expuesto. Lloré. Ahí mismo en mi mesa para uno, rodeado de gente viviendo sus vidas a todo volumen, con lágrimas bajándome la cara porque una drag queen cantó algo que se me pasó las defensas y encontró lo que fuera blando que llevaba toda la semana protegiendo.

Todo el cuarto andaba en otro guión. Las performers no pedían permiso para ocupar espacio. No andaban puliendo su personalidad para caer bien. Nada más eran — ruidosas, con lentejuelas, enormes — y la gente las quería por eso. Ver eso mientras yo todavía estaba aprendiendo a dejar de actuar para un público que ni está en el cuarto… me llegó.

Servían shots directo a la boca de la gente. Cuando me tocó a mí me agaché bien abajo y eché la cabeza para atrás — la mayoría nada más se quedaba parada, pero algo en mí quería de verdad participar, igualarles la energía con un poco de la mía. Alyssa me echó lo que capaz era una copa entera de tequila en la boca abierta mientras el cuarto gritaba. Un momentito de ser un personaje en el show de otra persona en vez de nada más verlo.

Nada más traía dos dólares en efectivo, lo cual me dio pena, porque estas performers estaban dando todo. Di lo que pude. El brunch en sí estuvo delicioso, las mimosas fuertes, y toda la mañana se sintió como iglesia para la gente que ya se le quedó chica la iglesia normal.

En The Tryst Atlantic Beach — el lugar del brunch de drag
El ambiente frente al mar en The Tryst

El lugar privado

Un local me había hablado de un lugar que valía la pena. Playa privada, escondida, fuera del camino. Sonaba exactamente al tipo de cosa que llevaba toda la semana persiguiendo — la joya escondida, el dato de adentro, el lugar que los turistas no encuentran.

Así que fui. Me costó bastante llegar y volver. Y lo que encontré fue… normal. Ni malo ni algo que te cambie la vida. Nada más la idea de otra persona de un buen rato que no cuadró del todo con la mía. Los bichos eran implacables. Me apuré para salir más rápido de lo que pensaba, ya sacando la cuenta de lo que me estaba costando el Uber de todo el desvío.

Las picaduras se quedaron por días — ronchas rojas que picaban y que tardaron una semana entera en irse. Un recordatorio físico de que los “secretos locales” muchas veces son nada más el asunto pendiente de otra persona.

Aquí está el dato. Cuando sigues el guión de otra persona — oye, tienes que probar esto — estás apostando a que su versión de un buen rato se cruza con la tuya. A veces sí. Esta vez no. Tenía una lista entera de cosas que todavía no había hecho, lugares que me habían estado jalando toda la semana, y en vez de eso perseguí una recomendación que nunca fue mía. Datos esenciales, no un fracaso. Pero los datos se me escribieron en el cuerpo en ronchas y recibos de Uber. La isla enseñándome, otra vez, a confiar en mi propia brújula.

SatoFino

Fusión pan-asiática caribeña. Cuarto oscuro, luz de ambiente, del tipo de restaurante que se siente como el secreto de alguien.

Comer solo en un restaurante bueno antes se sentía como una confesión — como admitirle a todo el cuarto que nadie quería comer conmigo. Ahora se siente más como una declaración. La mirada arriba, sin apuro, nada más sabor y textura y el zumbido de una buena cocina. El trabajo emocional del brunch y la decepción del desvío se disolvieron los dos en una buena comida. La comida como botón de reinicio.

Vagando por Condado

Caminando sin tener a dónde llegar. La hora dorada poniendo todo tibio y perdonador. Esto es lo que se suponía que iba a ser el día — no el desvío, ni siquiera el brunch, aunque el brunch fue un regalo. Nada más esto. Los pies en el pavimento, sin urgencia, dejando que el barrio me mostrara lo que quisiera mostrarme.

Orilla de playa

Ir a dormir

Sobre de Palo en la mesa — la tira de la vida nocturna
Selfie de noche en La Placita — Boogaloo, bandera de PR

Temprano a la cama otra vez. Esta vez el cuerpo lo pedía con buenos modos en vez de exigirlo. Mañana es el último día completo, y le quiero meter todo.

El Sabbat no es sobre no hacer nada. Es sobre no hacer nada que no sea tuyo.